25 de febrero de 2006

Tres por cuatro veinticuatro


Ya hace días.
Duermo en diagonal en la cama,
no por gusto,
sino porque si duermo recto
siempre hay un lado más frío que el otro.
Frío helado que atraviesa sentimientos y recuerdos.
Abro puertas y escucho silencio,
hablo y no encuentro respuesta.
Querer hasta creer que tres por cuatro es veinticuatro.
Doy vueltas, busco esa tabla de multiplicar,
y no la encuentro.
Pienso, pienso y no entiendo.

* * *
Perdonad mi ausencia, necesito... No sé lo que necesito.

Sergi

13 de febrero de 2006

La Iteuve

Es la segunda vez que paso la ITV de un coche. Llegaba con prisas, algo justo de tiempo, preparado para una cola de mil demonios, como ésas del supermercado que tanto odio. Dos coches me precedían antes de entrar en la primera etapa, hipócritamente llamada de control medioambiental. Justo el de delante mío es un Rover antiguo, clásico, de los de las películas americanas en blanco y negro. Y con su revisión empezó un carrusel de gags que por poco nos cuesta la salud.

"Por favor, pare el motor". Un rugido ensordecedor que sale del coche rompe en ecos la sala: el pobre mecánico aún va con tilas, y es que el conductor ha dado contacto con el motor en marcha, en lugar de girar la llave hacia el otro lado. Los operarios se acercan y sonríen.

"No pasa nada, agua y limpiaparabrisas, por favor"; y el chorro de agua sale disparado, pero no contra el cristal, sino hacia un lado, estrellándose en el rostro de uno de los mecánicos (como el ojal en forma de flor de un payaso). "¡Pare, pare!" Todos ya mirábamos hacia el mismo lado, desternillándonos de risa. El mecánico se dispone a retirar el limpia del cristal y se queda, estupefacto y con cara de gilipollas, con él en la mano. Entre sonoras carcajadas, dice "Encienda, encienda el motor y adelante el coche". Runruneos, y el coche que no arranca. Que no arranca. Y que no arrancó. Entre dos mecánicos, uno a cada lado, consiguen hacer avanzar el coche.

Mientras tanto yo ya he superado la revisión, y estoy esperando que me devuelvan los documentos. Cuando me avanza el Rover protagonista de la historia, me fijo en el conductor. Y ante mí veo a Groucho: esas cejas, ese bigote, esas gafas, esa sonrisa acompañada de un giganteso puro o los ojos moviéndose en círculos. Es Groucho, riéndose de nosotros y haciéndonos reir de verdad. Groucho, disfrazado de un señor de sesenta y tantos.


10 de febrero de 2006

Raro & Apenino - s/t

Como un regalo envuelto en papel de panocha. El trabajo de los Sinsal (colectivo de Vigo) Raro & Apenino es un bonito viaje en tren, con vistas al lejano oeste y paradas atemporales en un mismo trayecto en la ya larga tradición folk, goteando de un grifo musical instrumentos de juguete, punteos acústicos, suspiros (y silbidos) de guitarrista, y leves devaneos con la electrónica, de apenas 25 minutos resquebrajados en 9 frágiles fragmentos. Un círculo, quizás mal llamado tradicional, que esconde más variedad de argumentos de los que puedan parecer en una primera (y superficial) escucha, y que apunta a los injustamente clásicos para pocos, John Fahey, Nick Drake, los más recientes Pullman o muchas referencias del catálogo de Drag City, por poner. Difícilmente se resiste uno a pulsar el "repeat" en el reproductor, ejercicio con el que la escucha aun gana, como el juguetear sin parar con una canica en un cenicero redondo de cristal. Hilo acústico musical sobre el que, estoy seguro, los autores explorarán: tienen 40 años hacia atrás y un infinito por delante dónde buscar.

(disponible en http://sinsalaudio.com/radio/index.php?id=9, dentro de los programas "radio" del colectivo Sinsal, a quienes les puedes encontrar en http://www.sinsalaudio.com)


"apenino & raro

#9 [mon petit chaussette]

todas las canciones compuestas por raro,
arregladas un poco por él & un mucho
por apenino que también las grabó,
mezcló & produjo en su casa entre mayo,
junio, octubre & noviembre de 2005"



p.d. Gracias.

Sergi

5 de febrero de 2006

Una noche de violencia

Madrugada del viernes al sábado. Después de una apacible velada en una lejana localidad rural, rodeada de ese misterioso habitar que esconde el bosque, me dispongo a emprender el camino de vuelta. Ya es tarde y estoy cansado, pero noto una extraña sensación. La noche está especialmente oscura y el aire denso y frío desgarra las ropas. Durante unos segundos espero, y el inquietante silencio me asusta. Respiro frío y expulso vapor... ¡Vamos! El viaje en coche de vuelta incluye un tenso y extraño control policial. Quizás los cazadores también lo notan: la noche está peligrosa. Aparco mi renqueante coche en esa curva ciega y circunvalada de la gran ciudad. Abro la puerta y el chorro de aire pesado me golpea de vuelta al asiento. Coches celulares y sirenas, y gente saltando a un lado. Las prisas no son un buen presagio. Acelero el paso hacia la Plaza Real, y decido arriesgarme en buscar una línea recta que me permita llegar cuanto antes, aunque el laberinto del barrio antiguo puede conmigo. Las callejuelas estrechas hacen de improvisado amplificador de sonidos y voces incomprensibles que huyen de las ventanas y balcones, con prendas de ropa tendida como únicos testigos. Palpo con mis gélidos y doloridos dedos tensión y violencia. Más coches de policía que parecen perseguir al mismísimo diablo. Encuentro en mis pasos gente en el suelo, balbuceando trasnochados monólogos, botellas inspiradoras mano en ristre; jóvenes -niños- haciendo añicos los cristales de dos cabinas telefónicas, gente cruzando la calle a todo correr, sin mirar atrás, riendo a carcajadas; otros llorando al lado, mientras son preguntados. Se percibe el olor a violencia entre el deshecho humano y el ambiente sudoroso, entre los cruces con gente que desconfía. Llego a la Plaza, y la busco. "Vamos a casa, la noche hoy no duerme."

3 de febrero de 2006

Cartas de ajuste

Un día tonto te levantas más preguntón que de costumbre, sin tener a nadie más a tu lado que a ti mismo, a quién bombardearás a estupideces (y sincerémosnos ¿qué hay de malo en ello?). Pues eso, que me lío. Más preguntón que de costumbre. ¿Y qué motivo puede haber? Pues, por ejemplo, tener esa extraña sensación (como la del protagonista de El protegido, que de golpe y porrazo se da cuenta que nunca ha enfermado) de cómo puede ser posible que uno no se haya dormido nunca por la mañana, cuando la luz ha fallado, y te manda el radioreloj despertador a hacer puñetas. Y es que tampoco es que uno no crea en fenómenos extraños, que no es el caso. Creo saber lo que pasa. Mi radioreloj me avisa, me habla: "Ey, cuidadito, que se ha ido la luz, que la alarma no sonará a la hora que esperas." Y sí, esos parpadeos centelleantes de luz fosforita verde, que iluminan en código morse la pared de mi habitación logran lo que parece imposible: me despiertan. A veces lo hacen a una hora intempestiva en la que me felicito por su compañía a la vez que, atento, recompongo su estatus horario normal, preparando la fatídica hora que un diablillo en Fecsa Endesa quería borrar. Y eso, amigos, es un milagro tecnológico. Interferencias hechas diálogo. ¿Y qué más? Ahora sólo hago que buscar en la multitud de canales de TV de que disponemos en el dial (no con mi TDT, con el que de momento veo menos canales que con una vieja ELBE), y buscar alguna carta de ajuste. Porque de pequeñito la recuerdo, bonita, en blanco y negro o en color. Y seguro que también trataba de decirme algo. Quién sabe, quizás sólo decirme "Chavalín, mueve un poquito más la ruedecita del UHF, que me verás mejor a mí y a los dibujos de Tom Sawyer ". Y busco, porque ansío saber qué me dirá ahora.