Hoy ha acabado la Liga Catalana de Petanca. Jugábamos en campo del Club Petanca El Castillo, en Castelldefels. Allí siempre encuentro al Sr. Manuel, fumador sin prisas y observador parsiominoso ya de cierta edad. Él no me conoce, y yo tampoco. El Sr. Manuel es ciego, siempre le veo en pié, relajado delante de las pistas, disfrutando a su particular manera de las partidas, de ese maravillo sonido de las bolas al chocar, de las conversaciones entre jugadores -qué mejores locutores- , de las tertulias de los amigos que se acercan. Llega la hora del desayuno, y sentado en una mesa a la cual llega más rápido que yo al lavabo de mi casa, saca su dosier, una revista blanca, escrita en braile y con el logo de la ONCE. Y el deslizar de sus dedos sobre las palabras hipnotiza, como las caricias sugerentes que nunca sabes qué buscan, pero siempre encuentran. El Sr. Manuel da una -o muchas- lecciones. Y es que el que no ve, es porque no quiere.
29 de enero de 2006
Recuerda...
"Recordi:
La planta
La lletra i el número
El color
L'animal
El nom del mar"
Y volví a perder el coche en el párquing del centro comercial Diagonal Mar.
La planta
La lletra i el número
El color
L'animal
El nom del mar"
Y volví a perder el coche en el párquing del centro comercial Diagonal Mar.
26 de enero de 2006
Cuento infantil
Cada mañana la familia Pato hacía el mismo recorrido por las calles de la ciudad. En fila india van Mamá Pato, Papá Pato y el Patito.
Cuác, Cuác, Cuác.
Cuác, Cuác, Cuác.
Hoy, se disponían a cruzar la calle por el paso de cebra (como siempre), cuando...
¡¡¡CUÁC, CUÁC!!!
¡¡¡BRRRRRROUM!!!
Un coche pasó como un rayo, pero el aviso de Mamá Pato había llegado a tiempo, y es que siempre hay que mirar al cruzar una calle.
Cuác, Cuác, decía Mamá Pato a Papá Pato y al Patito, mientras a lo lejos se escuchaba un fuerte frenazo acompañado de un golpe seco.
Cuác, Cuác, Cuác.
Cuác, Cuác, Cuác.
Hoy, se disponían a cruzar la calle por el paso de cebra (como siempre), cuando...
¡¡¡CUÁC, CUÁC!!!
¡¡¡BRRRRRROUM!!!
Un coche pasó como un rayo, pero el aviso de Mamá Pato había llegado a tiempo, y es que siempre hay que mirar al cruzar una calle.
Cuác, Cuác, decía Mamá Pato a Papá Pato y al Patito, mientras a lo lejos se escuchaba un fuerte frenazo acompañado de un golpe seco.
22 de enero de 2006
Duermevela sónica
Árbol que crece
Raíces que atrapan
Pasión en vela
Hilos nos mueven
Sin fronteras
Brisa marina
Negro azabache
Meiga y fada
Despierto de veras
Bailando el hechizo
Pero sigue el sueño
Duermevela
Raíces que atrapan
Pasión en vela
Hilos nos mueven
Sin fronteras
Brisa marina
Negro azabache
Meiga y fada
Despierto de veras
Bailando el hechizo
Pero sigue el sueño
Duermevela
16 de enero de 2006
Richard Pryor y Gene Wilder: una franja horaria en casa
Hace unos días se nos marchó Richard Pryor, uno de los tíos que más me ha hecho reir. Junto a Gene Wilder, una franja horaria en mi vida. Yo llegaba al mediodía del cole o del instituto. Comía solo en el comedor (una fea pero necesaria costumbre, ya que recostarme en un cómodo sofá es mi única arma contra mis malas digestiones), mientras en la cocina acababan de comer mis padres y mis abuelos.
Los primeros en acompañarme al sofá del comedor eran mi padre y mi yayo. Tres y media o cuatro de la tarde, cada día. Era la hora del café, el mejor café que nunca he visto si lo que querías es dormir (y eso que se servían un vaso grande hasta arriba). Y también era el momento de los animalitos de La 2 y del 33, de Cifras y Letras, de Saber y Ganar, de los partidos de tenis (Roland Garros, Wimbledon o la Davis, con mi abuelo moviéndose más que los tenistas), o de las películas que, con mi padre durmiendo, sólo acabábamos viendo mi yayo y yo, a sabiendas que, por momentos, él caía también en los brazos de Morfeo.
Y de verdad, son pélículas que difícilmente las puedo entender ahora fuera de aquél contexto. Momentos muy especiales: Conán el bárbaro (con acento en la á, como tildaba mi yayo), Conán el destructor, o cualquiera que echáramos de Schwarzenegger, para siempre bautizado con el nombre del cimmerio. O Superdetective en Hollywood, Solo en casa (os juro que ver la media hora final al lado de mi abuelo era absolutamente desternillante), Excalibur, Cheers, El gran héroe americano, El coche fantastíco (sí, con acento en la í), Una cana al aire (qué momento, el de John Ritter saliendo de una sesión de electromasaje, con dolorosos espasmos y tics musculares), Mi amigo el fantasma (un Disney divertidísimo, con Peter Ustinov en el papel de Capitán Barbanegra) y los capítulos grabados detrás de La hora de Bill Cosby ...
Pero los grandes clásicos, las grandes estrellas siempre fueron las películas de Richard Pryor y Gene Wilder. Su juguete preferido o La mujer de rojo nos hacían disfrutar de sus genialidades por separado, pero era sobretodo en la unión de sus locas mentes pensantes, cuando la risa extasiada y contagiosa de mi abuelo daba vida a las mismísimas piedras. Locos de remate (injustamente encarcelados, acaban organizando una fuga en medio de un típico rodeo de búfalos), No me chilles que no te veo y, sobretodo, El expreso de Chicago son más parte de mi vida que otras muchas cosas.
Y es que veo a Gene Wilder enrollándose con la chica de la peli en un vagón, mientras asoma un cadáver en la ventanilla del tren. "¡Jeeesús!" es su histórica expresión, con el más divertido rostro de susto y sorpresa.
Y es que también veo a Richard Pryor apareciendo de la nada, en la parte trasera del coche que Wilder acaba de robar a la Poli, pegándole un susto de muerte al decirle algo así como, "Bueno, ¿y hacia dónde vamos, hermano?". "¡Jeeesús!"
Y es que veo a Gene Wilder cayendo hasta tres veces del mismo tren en marcha, caída a cuál más divertida, y siempre con la misma expresión desesperada en cuanto se encuentra desapeado: "¡Hijo de perra!".
Y es que les veo. Les veo a ellos y veo a mi abuelo disfrutando como un tonto, riendo a carcajada limpia, y haciendo reir a todo aquel que estuviere entonces en casa como si nunca hubiera reído jamás. De verdad, qué risas.
Y bueno, yo quería hablar de Richard Pryor, pero confío en que lo que ha salido, si jamás lo lee, también le haya gustado. A mí me ha hecho llorar. Como entonces, cuando lloraba de risa.
Richard Pryor y Gene Wilder, una franja horaria en nuestras vidas.
Los primeros en acompañarme al sofá del comedor eran mi padre y mi yayo. Tres y media o cuatro de la tarde, cada día. Era la hora del café, el mejor café que nunca he visto si lo que querías es dormir (y eso que se servían un vaso grande hasta arriba). Y también era el momento de los animalitos de La 2 y del 33, de Cifras y Letras, de Saber y Ganar, de los partidos de tenis (Roland Garros, Wimbledon o la Davis, con mi abuelo moviéndose más que los tenistas), o de las películas que, con mi padre durmiendo, sólo acabábamos viendo mi yayo y yo, a sabiendas que, por momentos, él caía también en los brazos de Morfeo.
Y de verdad, son pélículas que difícilmente las puedo entender ahora fuera de aquél contexto. Momentos muy especiales: Conán el bárbaro (con acento en la á, como tildaba mi yayo), Conán el destructor, o cualquiera que echáramos de Schwarzenegger, para siempre bautizado con el nombre del cimmerio. O Superdetective en Hollywood, Solo en casa (os juro que ver la media hora final al lado de mi abuelo era absolutamente desternillante), Excalibur, Cheers, El gran héroe americano, El coche fantastíco (sí, con acento en la í), Una cana al aire (qué momento, el de John Ritter saliendo de una sesión de electromasaje, con dolorosos espasmos y tics musculares), Mi amigo el fantasma (un Disney divertidísimo, con Peter Ustinov en el papel de Capitán Barbanegra) y los capítulos grabados detrás de La hora de Bill Cosby ...
Pero los grandes clásicos, las grandes estrellas siempre fueron las películas de Richard Pryor y Gene Wilder. Su juguete preferido o La mujer de rojo nos hacían disfrutar de sus genialidades por separado, pero era sobretodo en la unión de sus locas mentes pensantes, cuando la risa extasiada y contagiosa de mi abuelo daba vida a las mismísimas piedras. Locos de remate (injustamente encarcelados, acaban organizando una fuga en medio de un típico rodeo de búfalos), No me chilles que no te veo y, sobretodo, El expreso de Chicago son más parte de mi vida que otras muchas cosas.
Y es que veo a Gene Wilder enrollándose con la chica de la peli en un vagón, mientras asoma un cadáver en la ventanilla del tren. "¡Jeeesús!" es su histórica expresión, con el más divertido rostro de susto y sorpresa.
Y es que también veo a Richard Pryor apareciendo de la nada, en la parte trasera del coche que Wilder acaba de robar a la Poli, pegándole un susto de muerte al decirle algo así como, "Bueno, ¿y hacia dónde vamos, hermano?". "¡Jeeesús!"
Y es que veo a Gene Wilder cayendo hasta tres veces del mismo tren en marcha, caída a cuál más divertida, y siempre con la misma expresión desesperada en cuanto se encuentra desapeado: "¡Hijo de perra!".
Y es que les veo. Les veo a ellos y veo a mi abuelo disfrutando como un tonto, riendo a carcajada limpia, y haciendo reir a todo aquel que estuviere entonces en casa como si nunca hubiera reído jamás. De verdad, qué risas.
Y bueno, yo quería hablar de Richard Pryor, pero confío en que lo que ha salido, si jamás lo lee, también le haya gustado. A mí me ha hecho llorar. Como entonces, cuando lloraba de risa.
Richard Pryor y Gene Wilder, una franja horaria en nuestras vidas.
14 de enero de 2006
Disco
Salí apresurado de casa, llegaba tarde al trabajo. Una mala noche acompañado por los huevos fritos y cebolla que sé que no debía haber comido. La camisa mal abotonada y el pelo alborotado darán cuenta de ello a mis compañeros.
Se enciende un chivato de alarma, y despierto de golpe. No, no has olvidado el almuerzo, ni las llaves del coche, ni llevas un zapato de cada. El tocadiscos ha quedado encendido, con ese disco que desde hace años gira mañana sí y mañana también. Un disco que está rayado, gastado, agotado. Mi confidente matutino.
Y por eso vuelvo, no quiero quedarme atrapado un día entre surcos de vinilo polvorientos.
Se enciende un chivato de alarma, y despierto de golpe. No, no has olvidado el almuerzo, ni las llaves del coche, ni llevas un zapato de cada. El tocadiscos ha quedado encendido, con ese disco que desde hace años gira mañana sí y mañana también. Un disco que está rayado, gastado, agotado. Mi confidente matutino.
Y por eso vuelvo, no quiero quedarme atrapado un día entre surcos de vinilo polvorientos.
¿O sí?
6 de enero de 2006
Midela
Érase una vez una niña muy guapa que se llamaba Lilián, nariz respingona, sonrisa pecosa y genio alzado, quien conoció a un príncipe azul que se llamaba Juan, fornido y galante, barbudo y carácter, chico del casi norte, de la navarra Tudela, y bien ataviado en telas azulgrana.
Amor viajante en autobús, calor al volante de un Kadett jubilado, pero contento por ser útil, besitos a través de móvil y abrazos que alcanzan quilómetros.
Todo materia prima para su casita de chocolate, para su vida mágica.
De Barcelona a Tudela, que como dice un angelito travieso de nombre Ánxel, no es Tudela sino Midela. "Mi Dela".
Tudela, con vosotros, siempre será Nuestradela.
Un besito.
Sónico, claro.
Amor viajante en autobús, calor al volante de un Kadett jubilado, pero contento por ser útil, besitos a través de móvil y abrazos que alcanzan quilómetros.
Todo materia prima para su casita de chocolate, para su vida mágica.
De Barcelona a Tudela, que como dice un angelito travieso de nombre Ánxel, no es Tudela sino Midela. "Mi Dela".
Tudela, con vosotros, siempre será Nuestradela.
Un besito.
Sónico, claro.
2 de enero de 2006
Un segundo intercalar
2005 ha sido un año largo, incluso malvado. Y hasta el último momento me ha chuleado. Y es que no hay nada peor que un cabrón con una broma pesada bajo el brazo.
Deseando que marchara ya, supe que 2005 duraría algo más de lo esperado. Un segundo más (lo llaman segundo intercalar) que serviría para ajustar los relojes atómicos a la velocidad de rotación de la tierra. Un segundo más que no me serviría a mí de nada.
Adiós, grandísimo h_j_ de p_t_.
Deseando que marchara ya, supe que 2005 duraría algo más de lo esperado. Un segundo más (lo llaman segundo intercalar) que serviría para ajustar los relojes atómicos a la velocidad de rotación de la tierra. Un segundo más que no me serviría a mí de nada.
Adiós, grandísimo h_j_ de p_t_.
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