Turbopropulsores electromagnéticos encendidos en cadena, compruebo la pantalla verde del ordenador y los cálculos son correctos: los ángulos bidimensionales para el salto hiperespacial de tres líneas a una me han de llevar a través de un mar de estrellas, nadando en diferentes masas imaginarias. Sí, un viaje arriesgado, pero siempre lo es; exactamente lo que le dije a Reed antes de embutirme en el traje especial con el que mis fantásticos amigos y yo mismo, ya hemos visitado antes la Zona Negativa. Miro a Reed desde la escotilla del vehículo, un cohete P-206 aún en fase de pruebas, pero el único que puede hacer que no llegue tarde al objetivo, que no fracase la misión. Él continúa revisando la computerización de datos. Sólo una mente elástica como la suya podía imaginar un vehículo inteligente que se moviera a través de las rutas espacio-temporales mediante "espasmos de futuros", pequeños saltos en el tiempo, para que en cada uno de ellos la propia máquina pudiera recalibrar su sentido de la orientación. Todo quedaba confiado a ella, puesto que el terremoto emocional que mi mente iba a sufrir con el viaje podía dar al traste con mi vida, y con la esperanza de la humanidad. Reed intentó convencerme de otras posibles soluciones, pero en el fondo me comprende: él es igual que yo. Un error fatal que hemos de solucionar, el futuro de la humanidad en juego... La vida es riesgo, con lo que es variable fija en la ecuación. Asiento, y Reed me sonríe, desea suerte, y baja la palanca...
Luces ostroboscópicas, mil doscientos treinta-y-cuatro colores circundantes golpean al P-206, siento el calor de los rayos cromáticos atravesar el aislante del traje. Como preveía Reed, casi no puedo ni respirar. Un dolor recorre la ingle hasta el vientre, casi insoportable, siento náuseas. Noto los impulsos que me llevan de futuro a futuro, entre zumbidos y bips de la computadora que recalcula los espacios imaginarios encontrados que me han de llevar hasta la conjunción de la constelación de dos ríos y cuatro estrellas, en plena estación A-Y-U-N-T- dónde sólo dispondré, según Reed, de 284 segundos para cumplir la misión.
¡Klang, klang, klang! ¡Señal de llegada! Rezo porque sea el sitio correcto y el momento exacto: no tengo ni tiempo para comprobar si hemos saltado al año y lugar marcados por Reed, pero... ¡En marcha! La experiencia del viaje ha sido dolorosa, me ha parecido extrañamente corta, aunque es una percepción confusa, porque desconozco cuántas vueltas de 360º hemos dado a la brújula temporal. Atravieso mareado un pasillo, sus paredes forman parte como de una dimensión invertida, un negativo de imágenes de nuestra realidad conocida: la Zona Negativa es, nuevamente, una caja de sorpresas. Hasta tres compuertas se abren a mi paso, sigo corriendo y... ¡Allí, a menos de cincuenta metros la veo, encima de un extraño cubo negro, envuelta al vacío en un plástico, la probeta de la que depende el futuro de la humanidad! Acelero mi carrera, mi corazón está a punto de explotar, miro el reloj del traje, la cuenta atrás marca 14 segundos, el dolor inguinal aumenta, una punzada me atraviesa el vientre, pero no puedo fallar, he de aguantar, estoy demasiado cerca...
Y sí, lo alcancé. A tiempo. Era el día de la revisión médica en el trabajo, y el día antes olvidé el pequeño frasco en el que todos teníamos que recoger nuestra primera muestra de orina de la mañana. ¿Qué hacer? Mmmmm, me levanté por la mañana, me duché -el peor momento de todos, en serio- y me vestí todo lo rápido que supe. Salí de casa y con mi flamante Peugeot 206, siempre bajo el control y supervisión del amigo Reed desde el inigualable Edificio Baxter, iniciamos una aventura... Con dolores en el bajo vientre. Una aventura más para este imaginauta, que logró llegar a tiempo y mear dentro del frasco en el lavabo del trabajo.
Y mientras, sonreía. Porque la vida es una aventura.












