29 de diciembre de 2005

Ted, el ascensorista

Éste es Ted, el ascensorista, un orondo personaje cuyo exagerado volumen hace disminuir en, por lo menos tres plazas, la cabida máxima del ascensor. Ted es un hombre de costumbres, que elige él mismo su marca en el escenario. Cada lunes y cada jueves coinciden nuestros turnos a última hora de la tarde, y es entonces, en la soledad dentro del hueco, entre la decimosexta planta y la recepción, cuando no deja de sorprenderme, y me explica toda clase de historias, él dice verídicas y yo no quiero preguntármelo, sobre cosas que han ocurido en ese ascensor. Su ascensor. Aquella del hombre que perseguido por el diablo en forma de impaciencia pulsó el botón de "Planta baja" y el dedo se le quedó enganchado (los bomberos tardaron cinco horas en rescatar al dedo). O la de aquel chino que comprobó, una por una y cronómetro en mano, lo que tardaban en abrir las puertas de cada planta, explicando que era para su tesis doctoral: "El tiempo y las puertas de ascensor". O la del señor que entró medio arrodillado, siguiendo huellas invisibles con una lupa en la mano , que observó detenidamente el botón 3, y se bajó en la tercera planta, perdiéndose entre los pasillos con su lupa como guía y faro.

Las historias siempre son extraordinarias o extraordinariamente cotidianas. Y más extraordinario aún es que siempre duran el tiempo justo desde que cojo el ascensor, hasta que llega a la planta baja. En ocasiones he tenido la tentación de bajar antes, derrotarle en su ritmo. Pero ahora sé que no podría. Un día un apagón nos dejó a medio camino, entre la 10ª y la 9ª. Nueve plantas y media. No diré que no lo pasé mal: los nervios atenazaron mis músculos, mis pulmones buscaban oxígeno entre las rendijas de los plafones metálicos, sudor helado bajo la camisa... Pero el pobre Ted no lo pasó mejor. El apagón, de esos que luego se explican en clase de "Demografía y natalidad", duró 4 horas, y Ted narró impertérrito su historia durante todo el encierro, hasta acabarla exactamente cuando los operarios de emergencia consiguieron bajar el ascensor manualmente. A la mañana siguiente, al vernos, nos preguntamos qué tal nos encontrábamos. Yo, pues que "A base de ansiolíticos, con Diazepán 5 gr., la aspirina del siglo XXI, ya sabes", y él me respondió, "Ah, pues yo a base de gárgaras y Lizipaínas, que son el tintero de mi pluma". Y ambos nos lamentamos de no haber podido disfrutar más la historia. Sí, más larga que de costumbre, pero qué historia: una pareja que estuvo follando sin parar todo un día escondidos encima del ascensor.
Ted y su ascensor, como siempre, estaban allí para contarlo.

1 comentario:

R A U L E dijo...

¿No os preguntáis qué hace Ted cuando termina su jornada laboral? Yo lo imagino cenando copiosamente, atento, muy atento a las historias que le cuenta su escuchimizada madre. Historias que Ted tratará de reproducir fielmente al día siguiente, entre las cuatro paredes de su ascensor.