21 de noviembre de 2012

El urinario y Ernest Lluch


Se despistó, aquella tarde se despistó. 

Creo que era jueves, o puede que viernes, pues su historia de las doctrinas económicas era cualquier cosa menos apresurada o impaciente. Lo era tanto que aquella tarde se despistó, como decía, y en un loop académico impartió la misma lección que en la clase anterior. Los murmullos divertidos iban trazando una curva creciente, hasta que desde la tercera o cuarta fila de aquella clase de 3º de Economía le interrumpí, le avisé de su salto atrás en el tiempo. Él arqueó las cejas, sorprendido de que no le hubiéramos avisado antes, y con su proverbial humor decidió nombrarme (en aquel momento ridiculizarme) con el dudosamente honorífico título de encargado de que aquello jamás volviera a suceder. 

Y día tras día entraba en el aula, subía al estrado, y con aquellas lentes de aumento jovial, iniciaba la clase para interrumpirla, y dirigirse hacia mí en aquel paréntesis temporal y preguntarme, en silenciosa y audible intimidad, observados por 150 personas más, si había acertado con el temario o se reiteraba en lo magistral. No había rencor, solo simpatía. Incluso alguno de los días me preguntaba si todo iba bien, si teníamos alguna petición especial. 

Aquel jueves, durante la pausa intermedia de su asignatura, mientras en los servicios de la universidad miccionaba relax mi uretra, Ernest se colocó a mi lado, delante ambos de nuestros respectivos urinarios. Nos miramos con las manos en la masa, me preguntó que qué tal, que cómo iba. Le contesté rápido y tranquilo que bien, aunque cansado de una larga tarde de clases que me disponía a finalizar en un trayecto apresurado y sin cenar hacia una sala de conciertos. En Barcelona las cosas siempre ocurren en jueves, le dije, toda una verdad transparente. Y él me miró indignado, pero con la cara de indignado que pongamos pondría alguien como Walter Matthau: "¿M'està vostè suggerint que finalitzi la classe abans per arribar a temps a un concert de rock?". Sonreímos y hablamos del Barça mientras nos dirigíamos, lentos aunque más ligeros, hacia aquella aula arrinconada, antigua y horizontal de la Facultat d'Economia de la Universitat de Barcelona.

Aquella tarde, en aquella Barcelona, para sorpresa de todos, Ernest Lluch dio por concluida su clase con 20 minutos de antelación. Yo fui a un concierto.