26 de febrero de 2014

Roland Emmerich, performance íntima

Hubo obsesión durante el proceso de creación de "E-mails para Roland Emmerich", el poemario que publicó Honolulu Books en 2012, y ésta, la obsesión, derivó en performance íntima al fin. Me sentí dramaturgo y actor: envié un e-mail a Roland Emmerich. Imaginé poco la dirección de su cuenta de correo, vagancia de pensamiento, errancia mental. El arte sacro es barroco, no inmediato. 

Y aquello fue la inmadiatez en esencia.

Sólo imaginé roland@rolandemmerich.com, una cuenta de correo electrónico vulgar, insulsa, sin cuerpo. No sólo no recibí respuesta sino que los servidores de correo se encargaron de recordarme durante varios días que aquella dirección no existía, que mi poética era un invento, que mi performance era una idea sobreactuada y falaz. 

Enviar un e-mail a roland@rolandemmerich.com había resultado en un dedo artificial y melodramáticamente acusador, gesto autómatico de un nuevo tacto.

Guardo aquellas respuestas robóticas como testimonio documental de un fracaso, de un rechazo cibernético, de una censura digital al deseo privado, a la performance entre paredes, escondida. El arte tímido censurado. 

Se escuchaban voces en el viento: "Nunca dar alas a la invención".

Pero ayer, repentinamente, @emmerich me siguió en twitter. Es una cuenta desde la que no se ha tuiteado jamás. Sospecho que no es del cineasta, que la mano de Roland Emmerich no está agarrada a esa pluma, sino que es la marca del crítico de arte que en su día no entendió o no quiso entender mi acto, y en tono burlón, decidió no contestar aquel correo electrónico. 

Ahora se arrepiente.

Es mi performance.

Es el fin del mundo.