4 de febrero de 2015

Los muertos, Los huérfanos y Los turistas, de Jorge Carrión


La trilogía Las Huellas, escrita por Jorge Carrión, se completa con la publicación de Los Turistas (a la espera de una misteriosa coda en forma más breve). Una serie de novelas transgresora en las que la memoria rima con el ahora, atrevidas y diversas tanto en continente como en contenido, a la vez que comprometidas éticamente, con y mediante la ficción, la epidermis de lo real, reflexivas e inquisidoras, pues las respuestas sólo aburren, ciegan, obcecan. Son novelas multiplano, transnovelas. Búsquenlas en su librería favorita. 

http://www.galaxiagutenberg.com/autores/carrion,-jorge.aspx 

Aquí escribí una nota sobre Los Muertos. 
En breve más.

 Cito el inicio de cada una de las novelas:

 Inicio de Los muertos (Galaxia Gutenberg) 

      Nueva York, 1995. Un barrio en las estribaciones de la parte alta de Manhattan; ocho manzanas de edificios; cuatro; dos; una; en su lateral izquierdo: un callejón sin salida y, en él, un charco. 
      El Nuevo abre los ojos y siente el agua. En posición fetal, el perfil del cuerpo incrustado en el charco. Desnudo. Por la bocacalle pasa gente. Está solo, tirita. Sus retinas vibran, como si estuvieran en fase REM todavía. Tres figuras se detienen, al fondo. Una lo señala, pero el Nuevo no se da cuenta. Las tres figuras se convierten en sendos jóvenes: la cabeza rapada, cazadoras color caqui con las cremalleras abiertas, botas negras. Uno sonríe. Otro aprieta un puño americano. El tercero enciende la videocámara y dirige el objetivo hacia la víctima. La patada inicial le arranca al Nuevo un diente y detiene el parpadeo veloz de las retinas. Convergen golpes en sus carnes. «Bienvenido», le dicen; «bienvenido», repiten al ritmo de los puñetazos, de los puntapiés, de los pisotones. «Bienvenido, cabronazo, bienvenido.» Le escupen, a modo de despedida. El Nuevo es ahora un cuerpo amoratado, cuya sangre mancha el asfalto y se mezcla con el agua sucia. Pasan cuatro segundos y dos convulsiones. Se abre una puerta, en el extremo del callejón opuesto a la bocacalle. Sale el Viejo y se lleva al Nuevo a rastras. Éste no opone resistencia.

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Inicio de Los huérfanos (Galaxia Gutenberg) 

     He tardado trece años en acostumbrarme a la luz amarilla. Al abrir los ojos esta mañana no he sentido por primera vez la herida de lo indefinido. Aun antes de lavarme la cara y de ver mis propias facciones distorsionadas por el espejo envejecido, como cada día, reflejo cansado y sin aura, el torso cubierto por el desgastado suéter gris, los codos apoyados en el borde del lavamanos, me he dado cuenta de que mis pupilas habían descansado, de que mi cuerpo había dormido sin interrupción durante siete horas, de que mi cerebro –sobre todo– discernía entre anoche y ahora, pese a que no existiera ninguna diferencia luminotécnica entre el momento en que cerré los párpados y el momento en que los he abierto. 
     Durante todo el día he pensado a intervalos en ello, en lo mismo: trece años he necesitado para acostumbrarme a la ausencia de días y de noches que no sean meros números, periodos digitales. 
     Trece años de luz amarilla. 

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Inicio de Los turistas (Galaxia Gutenberg) 
 
     Como cada mañana, se dispone a pasar la jornada en el aeropuerto, estudiando a los pasajeros, desentrañando el enigma de sus rostros, viéndolos subir en aviones hacia destinos cercanos o remotos, qué más da, móviles ajenos a su destino inmóvil. 
     La carburación del motor se apaga como sus pensamientos. Anthony pone el freno de mano, coge del otro asiento la cartera de piel negra que se recorta sobre la tapicería beige, desciende ágilmente del Jaguar y, mientras se cerciora de que todo está bajo control, abre la puerta de su pasajero. De perfil, su chófer siempre le ha recordado a un actor de su infancia, uno de esos secundarios en blanco y negro de pelí- culas de intriga, no tanto el mayordomo como el vecino sin una sola línea de guión. Desnudo de la gorra que siempre llevó Ian, su padre, con el cabello meticulosamente peinado con raya al lado y con su metro noventa de estatura, deben de pensar que es su guardaespaldas, esos curiosos que se han girado para admirar la superficie bruñida del automóvil y su célebre felino plateado, como si precisara de protección la rutina que es su vida.