26 de agosto de 2012

La prosa elástica de "Libro", de José Luis Peixoto



Me hipnotiza la prosa elástica de José Luis Peixoto en "Libro" (El Aleph Editores), capaz de congelar el tempo narrativo de la trama, o acelerar los acontecimientos en forma de verso disparado, de sentencia. Cada párrafo está tan minuciosamente escrito que cuesta marcharse de él hacia el siguiente. Son párrafos de lectura envolvente. El inicio de la novela es absolutamente magistral, me cuesta escoger qué fragmento me ha impresionado más. 

Me quedo con este anochecer, el transcurrir del tiempo taquigrafiado en las palabras de Peixoto:


El tiempo era casi seguro. Lejos, en el atrio, las campanas iban a tocar. El tiempo era limpio como la brisa que comenzaba. La madre y el hijo no caminaban deprisa, pero se iban acercando. Pasaron por la puerta de la casa de doña Milú, por debajo del balcón desierto. La madre sujetaba dos maletas que no perturbaban su postura. Caminaba recta y seria. Los ojos de la madre, los ojos del hijo. Las imágenes se empañaban quizás a causa del silencio.

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Lejos, en el atrio, las campanas de la iglesia dieron las siete de la tarde. Esa hora se extendió por todo el pueblo. Con seis años, Ilídio sabía de sobra que, en el atrio, el toque de las campanas interrumpía las conversaciones y los pensamientos.

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Detrás de sí, había un muro por el que subía una lagartija y, por detrás de ese muro, estaban las huertas. Todo ello, agua, huertas, cal, se mezclaba con el final de la tarde y se transformaba en una brisa que olía a cielo limpio. Cuando inspiraba, Ilídio sentía una especie de felicidad. Sentía que algo iba a cambiar. Mientras tanto, allí, el canto lejano de las cigarras, las palmas de las manos posadas sobre la cal todavía tibia del sol de la tarde, el agua agua agua.

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En el silencio del espacio inmediatamente a su alrededor, Ilídio seguía esperando. La tarde desaparecía, las formas ya no tenían sombra y, poco a poco, cambiaban de color, se transformaban ellas mismas en sombra.

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Y no era casi de noche, era de noche. Existía aún el recuerdo de la tarde, pero ya era de noche. La campana no había dejado de dar todas las horas. Ilídio amasaba preguntas dentro de sí. Bebió agua. Con el cuello levantado, sentía cómo el agua se le escurría por los lados de la boca y por la barbilla. Era fresca y lo saciaba. ¿Dónde estaría su madre? ¿Por qué no venía a buscarlo?


Como bonus-track, otro fragmento de la novela, ya más avanzada:


Lágrimas, sentimental, fue Josué quien se levantó primero, la silla arrastrándose por detrás de las piernas. Ilídio se levantó inmediatamente, su rostro, material rocoso. Uno de ellos abrió la puerta. La noche era tan grande. ¿Dónde estaba la luna? Las manos de Josué y de Ilídio se tocaron y se separaron. Ilídio avanzó por la calle hasta desaparecer, hasta solo quedar la calle vacía, hasta que la calle también pareció desaparecer. Josué cerró la puerta y la casa se volvió definitiva, ningún fuego sería capaz de calentarla.