Son sólo tres. Tres líneas son suficientes. Una para dibujar el horizonte, el final de todo lo que queda por ver; y dos para marcar el camino, la carretera, los bordes del hoy. Los pasos son seguros, firmes. El metrónomo rige el sonido del talón en el suelo. Tommy camina por la cuneta derecha de la carretera. Ya hace rato que suda. A lo lejos algo le hace señas con lo que parece un brazo levantado. Es alguien, recostado en un árbol muerto. O vivo.
- ¡Hola, hola! ¡Hola Tommy! ¿No sabes quién soy, Tommy?
Carcajadas enseñando su boca grande, de pocos dientes, sucios y rotos. La barba de días. El rostro delgado. La camisa blanca. Pero gris. Su voz grita.
- ¿No sabes quién soy? ¿No lo sabes? ¡Pues yo sí sé quién soy! ¡Y sé quién eres tú!
Más carcajadas.
- ¡Mira! ¡Mira! ¡Mira qué tengo!
Muestra un transistor. Los ojos infinitamente abiertos.
- Escucha, ¿escuchas la canción? ¿La escuchas? Sí... ¿Recuerdas a Emylou? ¿Emylou?
Su dentadura ríe a trozos.
- ¡Sí, Emylou! ¿Quieres un poco de agua? ¿Quieres un poco de agua? ¡Es whiskey!
Su voz ríe y ríe y ríe. Tommy acelera el paso. Las risas son cada vez más lejanas. En la otra cuneta, en sentido contrario, un perro. Delgado. Sucio. El perro se detiene. Mira a Tommy. Tommy mira al perro. Y el perro prosigue su marcha. Las carcajadas, a lo lejos.