Juan Antonio Barril Zaragoza dejó de contar ovejas hace años. Pasea a su perro entre las 3 y las 4 horas de cada una de las madrugadas que tiene su semana, un acto que no puede ser considerado como vandálico, pero tampoco solidario, sino simple y llanamente egoísta, dado que es la respuesta contundente de un insomne que no quiere enfrentarse al duro interrogatorio del silencio nocturno de puertas cerradas en magnas habitaciones. El miedo a los fantasmas es una excusa teórica, un fatuo convencimiento de lo irreal como verdadera alternativa a la opción vital que supone el lamento de una persiana quejumbrosa, averiada y prejubilada. No hay velas en este entierro y por ello Juan Antonio Barril Zaragoza dejó de contar ovejas aquel 13 de noviembre de hace ya muchos, demasiados años.
Mostrando entradas con la etiqueta Personajes. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Personajes. Mostrar todas las entradas
19 de septiembre de 2010
Contar ovejas: Juan Antonio Barril Zaragoza (Retratos I)
19 de mayo de 2006
Personajes (IV): Gente corriendo
Las emociones no daban para más: centenares de personas corrían calle arriba, con la mirada puesta atrás, en una temerosa desconfianza que no casaba bien con la felicidad que expresaban sus sonrisas. Ellos cuatro también corrían, todavía con ganas de reir y saltar y cantar. Y entonces X., se detiene y, brazos en alto, avisa a sus amigos:
- ¡Ei, Ei, Ei! ¡Un momento!
- ¿Qué ocurre?
- ¿Pero qué cojones hacemos a nuestra edad corriendo delante de la policía?
************************
Clarividencia terrenal, amigos. Para reir... O no.
Entrada la noche la alegría se desbordó, y medio mundo, emborrachado de un torrente de sensaciones, decidió correr a la vez una carrera en busca de un premio que, aunque fugaz y aparentemente insignificante, era ingrediente vital para una fórmula, una cataplasma que emborracharía de felicidad las células del tejido epidérmico de muchos. Una fórmula magistral por la que nadie ha reclamado aún el Nobel de química, pero que por desgracia produce una reacción y efectos secundarios solamente detectados en el ser humano: a las pocas horas queda corrompida, y las células inician una batalla campal, una representación real de la tristeza de la vida, del conflicto bélico entre personas, una lucha cruel.
Una carrera por la felicidad y también nos la cargamos. ¿Habrá suficientes Ramblas de Canaletes en el mundo? No fallemos de nuevo, que quizás la felicidad la encontremos todos allí.

- ¡Ei, Ei, Ei! ¡Un momento!
- ¿Qué ocurre?
- ¿Pero qué cojones hacemos a nuestra edad corriendo delante de la policía?
************************
Clarividencia terrenal, amigos. Para reir... O no.
Entrada la noche la alegría se desbordó, y medio mundo, emborrachado de un torrente de sensaciones, decidió correr a la vez una carrera en busca de un premio que, aunque fugaz y aparentemente insignificante, era ingrediente vital para una fórmula, una cataplasma que emborracharía de felicidad las células del tejido epidérmico de muchos. Una fórmula magistral por la que nadie ha reclamado aún el Nobel de química, pero que por desgracia produce una reacción y efectos secundarios solamente detectados en el ser humano: a las pocas horas queda corrompida, y las células inician una batalla campal, una representación real de la tristeza de la vida, del conflicto bélico entre personas, una lucha cruel.
Una carrera por la felicidad y también nos la cargamos. ¿Habrá suficientes Ramblas de Canaletes en el mundo? No fallemos de nuevo, que quizás la felicidad la encontremos todos allí.

5 de mayo de 2006
Personajes (III): El niño, el dvd y su onomástica
Hoy, un niño -llamémosle A.- celebraba su onomástica. La excusa ideal para recibir regalos. Ellos nunca se cansan: que si el santo, que si el cumpleaños, el Papá Noël, los Reyes Magos, el premio a unas buenas notas en el colegio... Y aun así, se permiten el lujo de preguntar porqué demonios nadie ha pensado nunca en crear el Día del Hijo. Mejor que no den más ideas a El Corte Inglés.
Uno de los regalos que recibe A. es un dvd pirata, con un montón de episodios de una serie de dibujos animados de Astérix y Obélix. La portada, absolutamente amateur, es un fotomontaje en el que aparecen dibujados Astérix, Obélix y Idéfix, pero con las caras superpuestas del niño, de su padre y del perro de casa. Cosas que siempre gustan a los niños, ¿no?.
Mientras la madre se ocupa de los quehaceres de casa, y la abuela prepara la cena, A. coloca la película en el reproductor y se sienta en el sofá, ya cansado, a ver el dvd. Al cabo de un rato, entre sonidos de mamporros y gritos ("están locos estos romanos") y jabalíes en peligro de extinción intentando esconderse de unos irreductibles y divertidos galos, se oye al niño decir:
- ¡Mamáááááá! ¡Pasa al siguiente capítulo, porfi!
- Ya voy A., ahora te lo cambio.
La madre pasa al siguiente capítulo del dvd pirata. Esto no era tan fácil con los vídeos de antes: a los impacientes (niños y no tan niños) les era más difícil llegar al fragmento deseado con exactitud, había que acostumbrarse a aquellos extraños contadores, y tomarse la molestia en apuntar la referencia en algún trozo de papel que quedara guardado en la carátula. Ver una película a trozos: ¿ventajas de la vida moderna? ¡Ja! La madre se sonrió, y continuó barriendo el pasillo.
- ¡Mamáááááá! ¡Pasa al siguiente capítulo, porfi!
- ¿Otra vez, A.? Ya voy , ahora lo cambio. Dame el mando.
Y la madre vuelve a cambiar de capítulo. Tampoco es de extrañar: A. es impaciente, quizás los capítulos no le gusten, o posiblemente ya esté a punto de traspasar aquella línea imaginaria, aquel punto de inflexión en el que, si a un niño le gustan ciertos dibujos animados, a un hombrecito ya no. ¿Quién sabe? Mmmmm, qué bien huele la sopa de la Yaya...
- ¡Mamáááááá! ¡Pasa al siguiente capítulo, porfi!
- Pero bueno, ¿qué pasa aquí? ¿Que no te gusta la peli, A.?
- Sí, sí que me gusta, pero es que quiero poner el capítulo donde salgo yo.
- ¿Cómo?
- Sí, el capítulo donde salgo yo.
Y A. enseña a su madre la carátula, señalando el personaje de Astérix, que no viste el clásico bigote amarillo, ni su casco, sino que tiene cara de niño: la carita de A. Y me hace feliz ver que en su traviesa cabecita caben tantas ilusiones, tantas historias. Hago mías unas palabras de Paul Auster, de su Brooklyn Follies: "cuando una persona es lo bastante afortunada para vivir dentro de una historia, para habitar un mundo imaginario, las penas de este mundo desaparecen. Mientras la historia sigue su curso, la realidad deja de existir." Pues que siga.
Uno de los regalos que recibe A. es un dvd pirata, con un montón de episodios de una serie de dibujos animados de Astérix y Obélix. La portada, absolutamente amateur, es un fotomontaje en el que aparecen dibujados Astérix, Obélix y Idéfix, pero con las caras superpuestas del niño, de su padre y del perro de casa. Cosas que siempre gustan a los niños, ¿no?.
Mientras la madre se ocupa de los quehaceres de casa, y la abuela prepara la cena, A. coloca la película en el reproductor y se sienta en el sofá, ya cansado, a ver el dvd. Al cabo de un rato, entre sonidos de mamporros y gritos ("están locos estos romanos") y jabalíes en peligro de extinción intentando esconderse de unos irreductibles y divertidos galos, se oye al niño decir:
- ¡Mamáááááá! ¡Pasa al siguiente capítulo, porfi!
- Ya voy A., ahora te lo cambio.
La madre pasa al siguiente capítulo del dvd pirata. Esto no era tan fácil con los vídeos de antes: a los impacientes (niños y no tan niños) les era más difícil llegar al fragmento deseado con exactitud, había que acostumbrarse a aquellos extraños contadores, y tomarse la molestia en apuntar la referencia en algún trozo de papel que quedara guardado en la carátula. Ver una película a trozos: ¿ventajas de la vida moderna? ¡Ja! La madre se sonrió, y continuó barriendo el pasillo.
- ¡Mamáááááá! ¡Pasa al siguiente capítulo, porfi!
- ¿Otra vez, A.? Ya voy , ahora lo cambio. Dame el mando.
Y la madre vuelve a cambiar de capítulo. Tampoco es de extrañar: A. es impaciente, quizás los capítulos no le gusten, o posiblemente ya esté a punto de traspasar aquella línea imaginaria, aquel punto de inflexión en el que, si a un niño le gustan ciertos dibujos animados, a un hombrecito ya no. ¿Quién sabe? Mmmmm, qué bien huele la sopa de la Yaya...
- ¡Mamáááááá! ¡Pasa al siguiente capítulo, porfi!
- Pero bueno, ¿qué pasa aquí? ¿Que no te gusta la peli, A.?
- Sí, sí que me gusta, pero es que quiero poner el capítulo donde salgo yo.
- ¿Cómo?
- Sí, el capítulo donde salgo yo.
Y A. enseña a su madre la carátula, señalando el personaje de Astérix, que no viste el clásico bigote amarillo, ni su casco, sino que tiene cara de niño: la carita de A. Y me hace feliz ver que en su traviesa cabecita caben tantas ilusiones, tantas historias. Hago mías unas palabras de Paul Auster, de su Brooklyn Follies: "cuando una persona es lo bastante afortunada para vivir dentro de una historia, para habitar un mundo imaginario, las penas de este mundo desaparecen. Mientras la historia sigue su curso, la realidad deja de existir." Pues que siga.
17 de abril de 2006
Personajes (II): Una pareja
Correo electrónico de Él a Ella: "Me han traído un regalo para ti."Correo electrónico de Ella a Él: "Eso quiere decir que hoy vuelves a llegar tarde..."
Correo electrónico de Él a Ella: "No, todavía no lo he abierto."
Correo electrónico de Ella a Él: "Al llegar no me despiertes."
Correo electrónico de Él a Ella: "No, no te diré qué es."
*******
Y entonces la conversación acaba con un "no corras", "ya tengo ganas de verte", "ten cuidado al volver", "muchos besos cariño", "te quiero", "yo también", etcétera, etcétera. Y sí, quizás no se lo han dicho. Pero lo piensan, y lo dirán al verse, aunque sólo sea con la mirada, con un roce, o con un gesto... Por eso son una pareja.
19 de marzo de 2006
Personajes (I): Leyendo en voz alta
Un señor regalaba esta mañana, a eso de las doce y veinte del mediodía, versos de un libro leídos en voz alta. De mediana edad, con un gorro de lana que debía esconder una buena calva y necesitado de unas sencillas gafas redondas, caminaba solo, no sé hacia dónde, y a buen paso. Cruzaba el semáforo de l'Avinguda del Paral·lel con Passeig de Colon, recitando sin apartar su mirada del libro, no muy grueso, de tapas blandas y páginas ya amarillentas con los versos (los de esas dos páginas todos) subrayados en fluorescente verde.Curioso. Y es que no sólo me he quedado con las ganas de saber porqué leía en voz alta mientras caminaba. También me he quedado con las ganas de saber qué libro era. La lectura es cultura, y en voz alta además compartida.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)