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12 de septiembre de 2011

Veranos

El tiempo sólo es un estado: la flama en la que vive la salamandra del alma humana.
Andrei Tarkovsky

Veranos. Intervalos de espacio y tiempo entre cuyo antes y después nada vuelve. Verdadero punto de inflexión en relación al cual no es necesario poner fecha, sino tan sólo cuerpo y esencia, el adecuado colchón para acomodar la memoria y dejar que rellene esos recovecos que aleatoriamente han quedado vacíos, por lejanos. Pensar el verano es ficcionalizar historias sin fecha exacta. Las de abuelos que duermen en el coche huyendo de mosquitos nocturnos, o vaquillas que se escapan por las calles de Cervera del río Alhama, donde Bécquer fabuló la historia de un tesoro perdido y el amor imposible del cristiano y la mora, o también las de niños en bicicleta, que nadan en lagos y roban Vespas desahuciadas en granjas de Sils, o aquellos clicks de playmobil que a la vuelta del verano son extraños para el niño. Como en el retroceso en la novela, donde siempre encontramos infinitas historias porque nunca nada vuelve igual, el tiempo sólo es un estado.

No cumplimos años, tan sólo veranos.



20 de febrero de 2008

Penthouse



Me acuerdo de aquellas dos tías buenas sentadas en pupitres llenos de muescas,
mientras nos enseñaban trigonometría, inglés, las células por dentro
y también nos hacían leer La isla del Tesoro.
Me acuerdo de aquellas dos tías buenas que todos nos queríamos follar,
aunque aún comprábamos el Penthouse de 250 pesetas,
y el quiosquero que nunca preguntaba cuántos años tienes, majo, abría la caja registradora y nos daba el cambio y la revista,
y todos íbamos al banco a mirar y a reír de placer
gracias a la paga.
Me acuerdo de las dos tías buenas que estaban como un tren,
y sacaban vapor de sus calderas y sabían al combustible que más gustaba
a los más guapos de los otros pupitres que eran
el carbón en las calderas de aquel chico pelirrojo de ojos azules que se llamaba Nacho,
o aquél que era bajo y parecía un saltimbanqui, y era muy flexible y hacía el pino mientras caminaba con las manos,
y eso gustaba a las dos tías buenas porque les hacían reír mucho,
reían mucho,
con el carbón y las cosquillas de vapor.
Todos nos las queríamos follar y ser muescas en sus pupitres
porque estaban muy buenas,
y mirábamos a la pizarra, al profesor, a las dos tías, al cuello, al cabello lacio,
a los dedos apartando el flequillo, a los pechos y a la geometría,
al olor de la tiza señalando culpable culpable culpable, en clase no se habla,
sólo se mira, hasta la hora del patio,
aquel día en que todos hablamos y las seguimos en fila sin bocadillos,
sin hambre,
y ellas se pararon se giraron y se dieron un beso en los labios que duraría nuestra juventud, hasta que decidieron acabar, cuando nos miraron
y nos dijeron creced ya, chicos,
y nos lanzaron el maquillaje polvoriento, el rojo del pintalabios, la pinza del pelo y la mejor de sus sonrisas,
la sonrisa que supo a jazmín y puso fin a los veranos jóvenes del Penthouse.